Tengo una costumbre que quienes me conocen bien ya tienen asumida: cuando todo el mundo piensa en una dirección, a mí me da por pensar más allá, y disfruto dándole vueltas a escenarios que pueden sonar a ciencia ficción, pero son realidades que podrían pasar y pasan. Esta semana ese hábito me llevó a un sitio muy poco glamuroso: ¿qué pasa si un día, simplemente, se apaga la luz?

El detonante fue concreto. Esta semana asistí a la presentación del estudio #TalentForesight2026 de ESIC Business & Marketing School. Dos horas, diez prioridades directivas, siete territorios de transformación del talento sobre la mesa: trabajo aumentado por la IA, habilidades críticas, liderazgo adaptativo, aprendizaje continuo, productividad y bienestar, el nuevo contrato entre empresa y profesional, organizaciones adaptativas. Un trabajo serio, bien construido, con una idea de fondo que compartíamos todos los que estábamos en la sala: ganan las organizaciones que aprenden a convivir con sistemas cada vez más inteligentes. Tomé notas durante dos horas, como todos.

Salí pensando en lo contrario de lo que se había hablado en la sala: no en cómo preparar a las personas para más tecnología, sino en qué pasa el día en que esa tecnología, de repente, deja de estar disponible.

UN PUNTO SIN RESOLVER

Repasé la agenda completa esa misma tarde. Trabajo aumentado, habilidades críticas, liderazgo, aprendizaje, productividad, nuevo contrato laboral, organizaciones adaptativas. Cada territorio da por hecho algo que nadie dijo en voz alta durante la sesión: que los sistemas sobre los que se construye todo esto seguirán encendidos.

Es un ángulo ciego que comparten casi todas las agendas directivas que he visto en veinte años de estrategia y marketing; no solo esta. Siempre hablamos de preparar a las personas para trabajar con más tecnología e inteligencia artificial. Casi nadie habla de preparar a la empresa para el día en que la tecnología deje de funcionar o falle, aunque solo afecte unas horas.

ÉSTO YA LO VIVIMOS, MÁS DE UNA VEZ

El 28 de abril de 2025, España y Portugal sufrieron un apagón de un día. Sin datáfonos, sin semáforos, sin wifi, sin cajeros automáticos. Los que vivimos ese día lo recordamos con una mezcla de incredulidad y vergüenza profesional, porque a muchas empresas no les falló la tecnología. Les faltó un plan para cuando la tecnología falla.

El Banco de España analizó el impacto de aquel apagón y cómo afectó a los pagos. Las transacciones con tarjeta cayeron alrededor del 55% respecto a un día comparable, y en el pequeño comercio el desplome superó el 80% en los momentos más críticos. Las grandes superficies resistieron mejor porque disponían de generadores, terminales autónomas y cobro offline. El pequeño comercio, casi nunca.

No hace falta experimentar un apagón nacional para encontrar ejemplos. En marzo de 2023, un ataque de ransomware obligó al Hospital Clínic de Barcelona a suspender cirugías no urgentes y a volver al papel durante días. Pocos meses después, un grupo de hackers secuestró los sistemas del Ayuntamiento de Sevilla y tuvo que solicitar un rescate millonario para liberarlos. El apagón, el hospital y el ayuntamiento comparten algo más revelador que la causa del fallo: ninguno tenía un plan serio para seguir operando sin sus sistemas.

Lo que más me llamó la atención entonces, y lo que sigo viendo ahora, es que ninguno de esos episodios ha cambiado de verdad las agendas de transformación. Volvemos a la rutina en cuanto se restablece el servicio, y seguimos diseñando el futuro del trabajo como si esos días no hubieran pasado.

¿QUÉ SIGNIFICA TENER UN PLAN DE VERDAD?

Nadie tiene que volver a la caja registradora por sistema ni desmontar los procesos que hoy están automatizados. Lo que planteo es que la resiliencia analógica entre en la misma conversación que la inteligencia artificial generativa o la skills intelligence, con el mismo peso, como decisión de negocio.

En la práctica, esto significa responder a preguntas muy concretas que casi nunca llegan a un comité de dirección. ¿Tu empresa tiene una caja registradora y cambio en metálico? ¿Hay alguien en el equipo que sepa operar el proceso crítico sin el sistema que lo automatiza y lo haya practicado alguna vez, no solo lo tenga documentado en un manual que nadie abre? ¿Quién tiene la autoridad en la empresa para tomar decisiones operativas cuando no hay datos en el cuadro de mando para consultar? ¿Cómo se comunica el equipo si el correo, el chat corporativo y el móvil de la empresa dejan de funcionar al mismo tiempo?

Son preguntas de negocio, del mismo nivel que cuánto cuesta adquirir un cliente o cuánto tarda en amortizarse una inversión en IA, no preguntas de informático. La diferencia es que estas casi nunca se hacen hasta que el sistema ya se ha caído y es demasiado tarde para responderlas con calma.

La mayoría de los directivos con los que hablo no tienen esas respuestas preparadas. Yo tampoco las tenía resueltas hasta ayer, y eso que llevo meses metido en proyectos de transformación.

Desde ayer, con ayuda de una inteligencia artificial con la que suelo trabajar, le he dado forma a esto en algo concreto. Le planteé el tema, indagamos juntos en marcos de continuidad que ya existen (de CISA, del Banco de España, de la propia experiencia del apagón de 2025) y entre los dos preparamos una guía sencilla: un Plan Analógico Mínimo Viable. La condición no es complicada: un plan serio cabe en una carpeta física, se concentra en cinco o siete funciones críticas, puede ejecutarse sin ningún sistema digital, asigna un responsable y un suplente con autoridad real para decidir sin consultar un dashboard, y se ha probado de verdad con un simulacro, no solo redactado y archivado.

TAMBIÉN ES UN ASUNTO DE INSTITUCIONES Y GOBIERNOS

Esto no solo ocurre en el entorno empresarial privado. Un ayuntamiento que depende por completo de su sistema de gestión para pagar una nómina o tramitar una ayuda social tiene el mismo problema que una cadena de tiendas sin datáfonos, solo que las consecuencias recaen sobre personas que no tienen alternativa ni colchón financiero. Cualquier decisión política sobre infraestructuras críticas, energía o ciberseguridad que no incluya el día después del fallo. En realidad solo está resolviendo la mitad del problema.

Entiendo por qué la conversación se va siempre hacia la IA. Es donde está el dinero, el talento y la ambición de quien quiere ir un paso por delante. Pero toda esa ambición, en una empresa, en una escuela de negocios o en una administración pública, descansa sobre un supuesto que casi nadie verifica de verdad: que la infraestructura aguanta.

LO QUE PUEDE DAR SENTIDO A TODO LO DEMÁS

Creo que la resiliencia ante la caída de sistemas debería ser un punto más a incluir en cualquier agenda de transformación del talento o de infraestructuras, con el mismo peso que la inteligencia artificial generativa. Es una póliza de seguro, no un ejercicio de nostalgia.

Te dejamos la Guía Plan Analógico Mínimo Viable

Felipe Ynzenga


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